El descubrimiento del rico, grande y elegante pirata de el dorado, Sir Walter Raleigh

Enemiga Fortuna ¿por qué huyes de mí?

¿Acaso tus favores siempre me negarás?

¿Deseas que por siempre alimente el dolor? ¿Y mis dichas perdidas nunca restaurarás?

Sir Walter Raleigh: “Enemiga Fortuna”.

I

Que arde siempre en la mente; Ni envejece ni enferma ni se muere
Ni de sí se desvía.

Sir Walter Raleigh: “Al venir de Tierra Santa”.

Feliz aquél que es de la talla de sus sueños. Más dichoso quien los concibe tan desmesurados que una vida no le bastará para agotarlos. Proponerse al mismo tiempo saltar de la pequeña nobleza a las más elevadas posiciones, ser amante y pretendiente de una Reina magnífica, conquistar el tesoro de los tesoros del mundo en el mítico reino de El Dorado, parecen planes para colmar más de una existencia. Exigirse al mismo tiempo una arrebatadora elegancia, ser gran poeta en tiempos de poetas grandes, escribir una Historia Universal de memoria, hilvanar tratados de filosofía política, perseguir el secreto alquímico de la transmutación de los metales y el elíxir contra todos los venenos, abrir colonias en el Nuevo Mundo, promover vicios que capturarán a millones y causarán tanto daño como delicia, ganar batallas con arremetidas tan indisciplinadas como impetuosas, ejercer el oficio de las armas con tanta ferocidad como inteligencia, dejar al mundo gestos memorables que serán recordados mientras el oficio de la seducción persista, parecen proyectos para ocupar más de un centenar de vidas. No importa que algunos de esos planes sean quimeras: ya es un triunfo el concebirlos, y victoria inconcebible la de culminar la mayor parte.

II

Un hombre destaca en su país en la medida en que se le asemeja. Para 1559, cuando comienza el reinado de Elizabeth I, Inglaterra y Ralegh tienen más pretensiones que fuerzas. La una no ha conseguido unificar bajo una sola corona Inglaterra, Escocia e Irlanda. Walter es un niño de siete años que luego será desgarrado entre las contradictorias facetas de su personalidad que lo impulsarán hacia la poesía, la política, la guerra y la expansión naval. España y Portugal dominan el Nuevo Mundo, cuyos tesoros costean a la primera dos siglos de hegemonía en Europa y en el planeta. A los ingleses el mar sólo les ha servido como muralla líquida contra invasiones. Para Inglaterra y para Raleigh hay sólo un destino. Como exhorta el geógrafo e historiador Richard Hakluyt, “es tiempo ya de levar anclas, izar velas, y dejar atrás estos tempestuosos, helados y brumosos mares, y dirigir nuestro veloz curso hacia el luminoso, tranquilo, mesurado y cálido Océano Atlántico, en el cual españoles y portugueses han hecho tan placenteros, prósperos y dorados viajes”. Para que “ahora, nosotros los ingleses podamos compartir y repartir porciones (si lo deseamos) tanto con los españoles como con los portugueses en parte de América y otras regiones todavía por descubrir” (Hakluyt: T. I. XIII).